4 de enero de 2014

Por qué hay que seguir comprando libros y diarios

El artículo de hoy no abordará ningún tema innovador o específicamente tecnológico. Es más bien una reflexión que, seguramente, ya habrás leído en más de una ocasión y en más de un lugar; y que ya te podrás hacer una idea solamente leyendo el título del mismo.

¿Por qué hay que seguir comprando libros
y diarios de prensa?

Y en esta cuestión se incluyen tanto los formatos en papel como en digital. Recientemente hemos transitado, casi sin enterarnos, hacia un nuevo modelo de la edición y publicación de contenidos. El modelo es distinto pero no nos hemos dado casi cuenta porque en esencia, en ningún punto de esta transición, hemos dejado de ser consumidores de contenidos. Con la revolución digital, el volumen, forma y manera de acceder a dichos contenidos listos para su consumo ha cambiado sustancialmente.

Antes de ella, la información se distribuía encapsulada en forma de libros, revistas o periódicos. Objetos que no permitían la formidable expansión interactiva que ahora permiten los medios digitales, si no que más bien inducían a un cierto aislamiento, a una experiencia personal con ese libro o con ese diario.

Ahora, la información parece ya no estar encapsulada. Brota como si un chorro de petróleo se tratase surgiendo de forma caótica de las profundidades del yacimiento. Está por todas partes, con acceso instantáneo. Directa a las pantallas de los smartphones que nos mantienen embaucados todo el tiempo, rellenando los ratos de distracción que cada vez más arañan minutos de todo lo demás...

Y por supuesto, rara vez se compra. Comprar un libro digital o el diario del día es TAN sencillo como descargarlo, o como acceder a una fuente alternativa gratuita. ¿Pagar, para qué? Si es gratis...

Obviamente, nada es estrictamente gratis. Los medios de libre acceso (que no disponen de una barrera de pago o paywall para ver sus contenidos) tienen que compensar dicha política con altas dosis de intoxicación de la pantalla en forma de tupidos y a menudo impertinentes anuncios de publicidad. Otras veces ésta es encubierta, o nos piden nuestro e-mail para acceder a servicios básicos como comentar las noticias, a cambio de inundarnos luego nuestra bandeja de entrada de spam. Con todo, como solamente así dificilmente se puede mantener toda una estructura de un medio de comunicación, hay que sacrificar a los profesionales más remunerados (los periodistas) y amortizarlos por becarios que copian y pegan de Twitter sin contrastar, o blogueros aficionados.


¿Éste sería tu concepto de diario?


¿Por qué hay que seguir comprando libros y diarios de prensa?

Por el mismo motivo que hay que seguir pagando por la consulta a un médico, o una matrícula de la universidad... si todo lo fiamos a lo que nos pongan delante de las narices, estamos entregando nuestro destino de forma inexorable a lo mediocre, a lo naïf, a lo superficial...

Y quizá añadiría o modificaría la pregunta: ¿Por qué hay que comprar libros y diarios a editores independientes?

Porque los "mass-media" han expulsado a valiosos periodistas que ahora solo les queda buscarse la vida por su cuenta, ya que no son rentables para el Sistema. Son profesionales que crean valor y que merecen nuestra consideración y remuneración si queremos todavía aspirar a conservar el derecho a acceder a contenidos excelentes. 

Lo mismo se aplicaría al mundo del libro. Un libro, un buen libro, no es un blog, aunque se hayan hecho libros de blogs. Un libro no es un reguero de párrafos escritos a vuelapluma, aunque estén estructurados en capítulos. Un libro es una construcción, es un trabajo delicado, es un objeto valioso. Un buen libro es una experiencia de la que se disfruta durante mucho tiempo, ha de producir en nosotros un placer y unos beneficios más perdurables que los pequeños y volátiles placeres instantáneos de un producto naïf. 

Un buen libro, un buen diario, una buena revista, es una inversión, puesto que nos enriquece. Pero para que sea un buen libro, una buena revista, o un buen diario, detrás de ellos no puede estar cualquier persona. Detrás han de haber profesionales dedicados y entregados. Y para dedicarse y entregarse a algo, es imprescindible tener motivación. Y no estoy descubriendo nada nuevo si digo que una remuneración digna es una buena motivación.

Nuestra generación está dejando en la cuneta de la miseria a excelentes profesionales de la edición, de la comunicación, del arte... callando sus voces para dejar paso a un siniestro universo de frivolidad, desconcierto y confusión empaquetado con muchas lucecitas de color eso sí. ¿Es esto lo que queremos? ¿Preferimos repasar los titulares del día en 1 minuto, entremezclados con un empacho de banners y noticias intrascendentes patrocinadas, o preferimos detenernos 10 minutos a leer aunque sea dos o tres artículos que nos formen y nos provean de información realmente útil?

Ahora vivimos en un tiempo de sobreproducción, de infoxicación. De exceso de contenidos disponibles, vaya. Hay una gran variedad de libros, revistas, medios, etc. lo cual está bien, pero no hay que perder el Norte. Puedes obtener el diario que prefieras, completito, en tu tablet y en 2 minutos por 0,89€. Puedes leer un buena novela o ensayo por menos de 10€. Puedes elegir invertir parte de tu dinero en que todo esto siga existiendo o puedes mirar para otro lado hasta que, nuevamente sin darte cuenta, encuentres que el principal titular del diario sea "Los 10 mejores culos de famosas" o algo similar.

Compra diarios. Compra revistas. Compra libros. En papel o en digital. Aunque sea de vez en cuando.

Gracias.











3 comentarios:

  1. Defiendo al 100% esta visión. Sólo añadir que hay una brecha generacional muy significativa. Esto mismo lo cuento yo en mis clases de máster y los "mayores" asienten con la cabeza, pero los más jóvenes me miran incrédulos, interpretándome visualmente como un dinosaurio para sus adentros, pensando que, efectivamente, prefieren ver los 10 mejores culos...
    Como profesional de las publicaciones digitales, cada vez disfruto más de la soledad de mi sofá con mis revistas favoritas, sin ningún link con el que dispersarme, ningún video fatuo que no aporta nada, y sin compartir lo que estoy leyendo con la masa de twitter o facebook...porque leer una revista o un libro es una experiencia privada que suma conocimiento (o entretenimiento) y que pasa a formar parte de nuestro mapa cultural...etc , etc...:-) Un saludo Ignacio!

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  2. Quizá la brecha generacional sea algo temporal. Es decir, quizá esos jóvenes incrédulos asentirán con la cabeza dentro de unos años en cuanto ellos también maduren, ¿no cees?

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  3. Yo en cambio sigo robando libros. Cada vez menos, eso sí, y no porque mi mísero sueldo me permita comprarlos, sino porque me descorazona ver que los seguratas son ya más jóvenes que yo. Con los seguratas pasa como con los futbolistas. Durante la infancia y la adolescencia te parecen hombres hechos y derechos. Te impresiona su porte, su confianza en sí mismos. Uno empieza a envejecer cuando se da cuenta de que los futbolistas no son más que chiquillos. O cuando al salir de una librería con un libro camuflado bajo el abrigo, miras de reojo al segurata y te parece sólo un pobre chaval con un curro ingrato y un uniforme ridículo. Luego está el tema de que te pillen y de tener que dar explicaciones. En esos casos preferiría vérmelas con el autor, con el editor, con el traductor si lo hubiere, con el corrector o con el librero antes que con un tío uniformado. Pero ese es el problema de robar sólo en grandes superficies. Sólo ves a los uniformados con pistola o con corbata. La última vez que me pillaron fue con 2666 de Bolaño. Me trataron fatal los de El Corte Inglés. No llevaba el dinero suficiente para pagarlo. Salí a la calle, me acordé de Ulises Lima y de Arturo Belano y me tomé unas cervezas a la memoria de Cesárea Tinarejo. Una semana más tarde logré robarlo. Disfruté las mil y pico páginas de 2666 tanto como las maldije mientras trataba de ocultarlas de algún modo entre mi ropa. Menos mal que era invierno.

    Lucen tan hermosos y dignos los libros de mi ya bien surtida biblioteca que, sólo cuando los abro, recuerdo por unos instantes su origen oscuro y, con la sonrisa agridulce de delito, leo, leo y leo para recuperar la inocencia perdida.

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