21 de julio de 2015

Las publicaciones digitales y el contenido volátil

Hace casi un año publicaba un artículo titulado "¿Qué debería ser un e-book?" donde exponía los pros y contras de las nuevas tecnologías aplicadas a la edición de libros.

Hoy quisiera extender dicho artículo enfocándolo de una manera algo distinta, haciendo la pregunta en sentido inverso: "¿Qué no debería ser una publicación digital?".

En los trabajos de diseño y maquetación de publicaciones digitales en los que me he visto inmerso he visto una tendencia más o menos generalizada. El cliente final entiende que su publicación digital debe ser algo como la suma de una revista en papel + un DVD-ROM interactivo. Esta idea anclada en los medios clásicos acaba desembocando en un punto que no es nada cómodo ni para los maquetadores, ni para los desarrolladores, ni para los pobres dispositivos que tienen que sostener estos productos.



Y es que una publicación digital no debería ser un vertedero de contenidos.

Ya sea una revista, un catálogo, una memoria... existe la tendencia a preñar la publicación digital con vídeos HD, infinidad de galerías de fotos, etc. 

Creo que esto es un error. Entiendo que los autores o editores de la publicación les haga ilusión enseñar su producto que permite en pocas páginas darse un baño de contenido multimedia, pero en mi opinión es una estrategia que choca con muchas cosas, entre ellas, el Sentido Común.

Para empezar, los dispositivos móviles (tablets, smartphones) a pesar que han aumentado significativamente su capacidad en los últimos años, siguen siendo pequeños ordenadores a pilas, con una potencia de cómputo menor al de un ordenador de escritorio, y con una capacidad de almacenamiento limitada. Si de repente una gran variedad de publicaciones digitales pugnan por ocupar su espacio dentro de esos dispositivos, con todos sus MegaBytes de vídeos y fotos, al cabo de muy poco tiempo el usuario verá colapsado su dispositivo. Y los usuarios son conscientes de ellos y rechazan cada vez más esa invasión de su memoria sin contemplaciones.



Las publicaciones digitales han de ser ligeras, tanto en su "peso" (el espacio que ocupan en memoria) como en el uso de la CPU, pero también desde el punto de vista de la RX (Reader eXperience, Experiencia del Lector). 

Las lecturas, sobre todo en Smartphones, han de ser sintéticas, frugales, no experiencias excesivamente interactivas que acaben hastiando al usuario. En el mundo de las publicaciones digitales, se aplica más que nunca el consejo de Menos es Más.

Además, estamos observando una tendencia por parte del consumidor de productos digitales, sobre todo los pertenecientes a la franja de edad más joven, a un consumo de contenidos volátiles

Quizá el ejemplo más palpable sería el uso extendido de SnapChat, que los adolescentes están abrazando en detrimento de Whatsapp. SnapChat es un sistema de mensajería instantánea cuyo contenido multimedia se volatiliza una vez visualizado. No quedan constancias de largos chats o archivos adjuntos multimedia que también colapsan la memoria del dispositivo móvil.



Este detalle, que es ventajoso desde el punto de vista de la intimidad, también puede ser un buen planteamiento para las publicaciones digitales. Hace poco Apple anunció que reemplazará en el sistema iOS9 la aplicación Quiosco por "Apple News", que será un agregador de noticias a partir de contenidos en bruto provistos por los medios y dispuestos de manera bonita por la propia aplicación. No más revistas de centenares de megabytes estancadas en las profundidades de la memoria de nuestro tablet. Leer, marcar, compartir si fuera preciso, y a lo siguiente, à la Twitter.

Por eso, a la hora de pensar en el diseño de una nueva publicación digital o libro electrónico, yo prefiero optar por centrar los esfuerzos en el interface y el RX. Los contenidos pueden estar basados en su mayoría en la nube (vídeos en Youtube, imágenes en Flickr, etc.) y dejar la experiencia offline en algo ligero, más basada en textos, gráficos e infografías interactivas HTML5 de tamaño ligero. 

Si combinamos esta filosofía de trabajo con actualizaciones periódicas de la publicación, podremos adaptarnos a usuarios que no verán nuestra publicación como algo engorroso, pesado y obsoleto que hace que su teléfono o tablet vayan más lentos, si no un lugar donde pasar un buen rato de vez en cuando, y dejar la puerta abierta a carruseles infinitos de imágenes para cuando dispongan de conexión a internet. Incluso se podría dejar a la elección del lector qué conjunto de imágenes desea descargar de la nube y seguir viendo por ejemplo en mitad de un vuelo transatlántico. 








12 de julio de 2015

El negocio de los eBooks gratis

Una de las cuestiones que aparecen invariablemente en los cursos de edición de libros electrónicos suele ser: ¿Cómo amortizo todo esto?

Y es que el mercado de los e-books adolece de muchos de los males del resto de productos digitalizados, y en concreto del Todogratuismo. En el inicio de la fiebre de las apps (2009-2010) la mayoría eran de pago (entre $1 y $5), incluso aquellas de una calidad o utilidad más que discutible. Hoy en día el panorama es distinto: con una AppStore saturada de aplicaciones de todo tipo, solo aquellas que son gratuitas y tienen un buen soporte de promoción detrás tienen una cifra de descargas significativas. 

Con los libros pasa algo similar. Aunque es un mercado segregado, una gran parte de lectores de e-book buscan el producto gratuito, o al menos tienen preferencia por él. El ritmo de descargas de un producto de pago (a partir incluso de 0,99€) es mucho menor con respecto al producto de libre acceso, gratuito.

Entonces ¿dónde está el negocio, si ya nadie piensa en pagar ni un céntimo por comprar un libro electrónico?

Pues en ofrecerlos gratis



Esto puede resultar chocante desde un planteamiento tradicional de la industria editorial, pero en la nueva economía digitalizada tiene todo el sentido. Recientemente percibo un incremento notable en las promociones de e-books gratuitos, cada vez más por parte de grandes empresas con intereses en el grueso de los consumidores, como pueden ser por ejemplo los bancos. También es una estrategia muy manida entre la miríada de expertos y gurús de nuevo cuño de los universos del Management o el Márketing Digital

¿Cuál es el objetivo y el negocio que se halla detrás? El de influir.

Del mismo modo que las marcas contratan a agencias de comunicación con el encargo de diseñar campañas “virales”, el regalar libros electrónicos busca el mismo efecto: colocar una idea en el máximo número de mentes posible. 

La particularidad del libro es que es un producto más asociado a la noción de “cultura” o “intelectualidad” que el audiovisual. Aunque esto es por supuesto una percepción, es mucho más sencillo encontrar vídeos de gatitos graciosos que libros. 


Antes del libro electrónico, si teníamos la inquietud o necesidad de aprender más sobre finanzas domésticas, podíamos acudir a algún familiar o amigo con conocimientos, contratar a un asesor (menos común) o acercarnos a la biblioteca o librería más cercana en busca de algún buen libro que pudiera formarnos sobre ello. 

Ahora, en la era digital del todogratuismo, podemos googlear a ver qué encontramos. Siempre será más cómodo que alguien nos ofrezca un libro gratis sobre ese tema que perdernos en decenas de páginas web que no están pensadas para una lectura cómoda. 

Entonces, es más probable que acabemos descargando ese e-book y por lo tanto satisfacernos con esa opción. Con ello, estaremos comprando las ideas que los autores de ese libro nos quieran transmitir, y he ahí su negocio. ¿Qué vamos a encontrar en un e-book gratuito sobre finanzas domésticas editado por un banco? ¿Y en un libro de recetas publicado por un fabricante de pasta? Pues eso. 

Además, la descarga de nuestro libro de “regalo” no será directa a través de un simple clic si no que por supuesto deberemos proporcionar nuestros datos personales, tanto de manera obvia como de forma más velada. Ya se sabe: cuando el producto es gratis es que TÚ eres el producto.


En una librería (o en varias) todavía podemos ejercer esa cierta libertad de elección que tenemos como consumidores. Al destinar nuestro dinero a la compra de un libro, podemos escoger a quién le damos nuestro crédito. Los autores y editores  de esos libros de 10, 15, 20 euros/dólares cada uno, están apostando claramente por hacer de la escritura y la edición de esos libros su medio de vida. El que además pretendan difundir sus ideas ya forma parte de su elección pero no tanto de una estrategia comercial premeditada, que más bien consistirá en crear un producto de calidad para hacerse merecedor de más compradores.

De este modo, no es de extrañar que cada vez más el mercado editorial se enfoque hacia la producción y distribución de e-books gratuitos, que consigan moldear mediante la lectura las mentes de los consumidores de tal modo que consiga “precocinarlos” de cara a la compra de otros productos todavía libres de la ola de digitalización todogratuista

En ese sentido, algunos grandes grupos editoriales han empezado a dar pasos en ese sentido, reconvirtiendo los libros en el eje sobre el cual pivoten toda una serie de productos relacionados. En el sentido contrario, las empresas que ofrecen esos productos finales crean libros electrónicos gratuitos como instrumento para atraer consumidores hacia sus productos. 

Obviamente, no se trata de una estrategia nueva. Ikea colocaba un catálogo completo en cada buzón anualmente, por ejemplo. Sin embargo, la digitalización de estas prácticas y sus indiscutibles ventajas en cuanto al tipo de contenidos, costes de distribución y medición del impacto, sí. La buena noticia es que se seguirán necesitando maquetadores de e-books, escritores, fotógrafos, infografistas, correctores, etc.

A cambio, si todos nos acostumbramos a que nos regalen libros electrónicos para que olvidemos esa costumbre arcaica de pagar por ellos, ¿dónde quedará la posibilidad de elección? ¿hacia dónde irá la disponibilidad de alternativas? ¿qué ocurrirá con el pensamiento crítico? 


Dejo estas cuestiones abiertas, para que cada quién medite una respuesta y, si lo desea, la comparta.

12 de junio de 2015

La publicación digital en Android

 Cuando nos enfrentamos a un proyecto editorial digital (e-book, revistas, etc.) que sea integral, tarde o temprano nos encontraremos con el carajal de formatos, en forma de tamaños de pantalla, tipos de archivos, plataformas de venta, dispositivos, etc.

Sin duda si hay un dispositivo que vino a revolucionar el mundo de la industria editorial en digital ése ha sido y es el iPad de Apple. El universo del iPad ha ido asociado desde el inicio al de las publicaciones digitales. Primero apps, luego apps que eran quioscos, luego libros digitales con amplias prestaciones multimedia interactivas, etc.

Sin embargo, ese recorrido idílico se entrentaba cada vez más con la realidad de la cuota de mercado de hardware. La mayoría de usuarios de pantallas móviles usan el sistema operativo Android, mientras que en menor medida el resto del mercado se reparte fundamentalmente entre iOS (Apple) y otros dispositivos (Windows, por ejemplo).

Y eso nos lleva al punto clave en el desarrollo de apps, revistas, etc. El editor, autor, cliente en general nos plantea: "Esto que ha quedado tan bonito para el iPad... ¡también lo quiero igual para el Android!".

Tablet Android


No sé vosotros, pero esta petición tan insoslayable y comprensible, para mi es sinónimo de un rosario de problemas y despropósitos. Ojalá Android solo fueran teléfonos que solo sirvieran para ser teléfonos, y el consumo de contenidos editoriales se circunscribiera únicamente al iPad. ¿Por qué digo esto? Empecemos con un repaso al panorama reciente, entremezclado con algunos datos:

Android tiene una mayor penetración en el mercado, pero se trata fundamentalmente en el ámbito de los smartphones más que en las tablets, donde el iPad sigue siendo el preferido por los consumidores. En Android no hay una clara distinción entre smartphone, tablet o phablet. Son simplemente dispositivos Android, y la discriminación viene dada más bien por la versión del sistema según la potencia del dispositivo que por otras consideraciones. Es decir, el usuario de Android suele ser un consumidor de teléfono, mensajería y pequeños videojuegos, más que un lector ávido de revistas o libros.

— La disparidad de modelos y tamaños/resoluciones de pantalla/potencias en dispositivos Android es mucho mayor con respecto a iOS. 

— El mercado de comercialización de aplicaciones de Android (Play Store) tiene unos criterios de control de calidad que no tienen nada que ver con los que aplica AppStore de Apple. Básicamente, en Play Store todo cabe (yo he llegado a descargarme apps que ni siquiera funcionaban!) mientras que en Apple se miran todo: contenido y contienente, y no son infrecuentes los casos de rechazo de apps por motivos estrictos. La consecuencia: la calidad de las apps que se encuentra el usuario de iPad es claramente superior a lo que pueda encontrar en Android.

Los desarrollos prioritarios siempre han sido primero para iOS. Grandes compañías de software como Adobe, que en un principio apostaron claramente por Android ligándolo a su juguete roto Flash Player, se han entregado al desarrollo de apps y soluciones exclusivas para el iPad, como es el caso de Digital Publishing Suite, donde siempre iOS fue puntero y las adaptaciones para Android nunca fueron una prioridad. La estabilidad de los productos para Android siempre ha sido más frágil, y en ocasiones, las versiones Android de algunas aplicaciones fundamentales para la lectura de e-books, como Adobe Digital Editions, en Android ni están ¿ni se las espera?

La calidad en general de las aplicaciones para Android deja mucho que desear para un consumidor de publicaciones digitales que es exigente por definición. Alguien dispuesto a seguir pagando por obtener libros electrónicos o suscripciones a diarios digitales no es alguien que se conforme con cualquier cosa, con aplicaciones que fallan, que son lentas, que interpretan mal los contenidos... 

Un ejemplo: hoy en día el liderazgo indiscutible en libros electrónicos enriquecidos (multimedia, interactividad avanzada, etc.) es sin duda Apple gracias a un producto, iBooks (y su tienda asociada iBookstore), disponible para ordenadores Mac, iPad y iPhone, que es altamente solvente y que no para de incorporar mejoras sólidas cada vez. A su lado, su hipotético competidor en el universo Android, que son los Google Play Books, están a años luz en todos los aspectos, tanto técnicos como de márketing. 

En resumen, el nivel de exigencia en cuanto a capacidades, fiabilidad y sencillez de producción que exige la industria editorial en cuando a productos digitales parece que todavía es algo lejos de Android. Aunque existen soluciones comerciales de publicación digital en el mercado como Twixl, Aquafadas, Mag+ o 480interactive, el abanico de soluciones en el ámbito de iOS es mayor y sobre todo es más fiable.

Este panorama parece favorecer la consolidación del cliché que presenta a Android como un sistema económico, versátil y práctico para el uso diario de un smartphone y iOS como un producto diseñado para usuarios avanzados y contenidos de prestigio.

Eso dicho en términos marketingnianos. En lo que respecta a las trincheras de los obreros del diseño y desarrollo de contenidos, Android suele ser sinónimo de problemas añadidos y cada vez más de declinación de propuestas.

¿Cuál es tu experiencia?



Consulteu aquí la versió en català d'aquest blog